Paúl Miguel Ortega González Ingeniero de Sistemas Paúl Miguel Ortega González home page:
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  Probablemente la única certeza sobre la crisis global causada por el coronavirus es que no es un tema de corto plazo, sino que podrían pasar meses, e incluso años, antes de que volvamos a algo parecido a la normalidad. Dependiendo de la duración y la profundidad de la crisis económica, se producirán cambios fundamentales en las dinámicas de los mercados, tanto de consumo como de producción. Se ha convertido en un lugar común afirmar que el mundo no volverá́ a ser el mismo después de esta pandemia, tanto por los impactos sanitarios y económicos, como por las políticas públicas sin precedentes que se están diseñando e implementando a nivel mundial para mitigar los efectos del COVID-19.

  En medio de la incertidumbre en la que nos encontramos debido a la aparición del coronavirus, es muy difícil hacer estimaciones de crecimiento económico. Sin embargo, más allá de números específicos que cambian constantemente, principalmente para peor, lo cierto es que estamos ante una recesión global que pareciera ser muy profunda, pero aparentemente de corto plazo, aunque dejará cicatrices. Hasta ahora, a nivel mundial, los sectores más afectados han sido el automotriz, los servicios comerciales y profesionales, los hoteles y el juego, la industria del entretenimiento, las ventas al detalle, la energía, y las industrias aeroespacial y de defensa. Por el contrario, hay algunos sectores que se han desempeñado relativamente bien: gas, electricidad, bancos, seguros, almacenamiento y embalaje, servicios online y salud.

  Estamos en territorio desconocido, donde los gobiernos han estado tomando decisiones a un ritmo frenético, sin mucho tiempo para reflexionar o planear, enfrentándose a decisiones morales complejas. La conexión entre macroeconomía y salud pública no es evidente, lo que complica analizar todos los escenarios posibles, y las discusiones sobre opciones de política macroeconómica se han centrado en los países desarrollados. Un tema importante es cómo será la recuperación (se ha hablado de forma de V, W o L); no obstante, dada la gradualidad de la desescalada, y la posible pérdida de capacidad productiva, pareciera que será lenta y probablemente no volvamos al mismo nivel de antes de la pandemia antes de mucho tiempo.

  América Latina no escapa a esta realidad, y esta crisis además llegó en un mal momento. La región tuvo un desempeño económico mediocre en 2019, con un crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) de apenas el 0,1%, según datos de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL). Antes de la irrupción del COVID-19, la expansión proyectada para la región en 2020 era un magro 1,3%, impulsada principalmente por la recuperación de las dos mayores economías del continente, Brasil y México. Adicionalmente, y a diferencia de lo ocurrido durante la crisis sub-prime, la región cuenta con limitado espacio fiscal para llevar a cabo políticas contracíclicas, y la sobreutilización de la expansión monetaria y del endeudamiento pueden conducir a problemas de sostenibilidad en el medio y largo plazo.

Todos los choques económicos negativos al mismo tiempo

  Los principales canales de transmisión de la crisis del COVID-19 hacia América Latina son la caída en las exportaciones, tanto por la baja de los precios de las materias primas, como de la demanda; la fuga de capitales buscando activos más seguros (especialmente hacia EEUU), que ha causado devaluaciones de las monedas y problemas de financiamiento de corto plazo; el desplome del turismo que afecta principalmente a Centroamérica, el Caribe y México; el colapso de las remesas por la crisis global; y la contracción tanto de la oferta como de la demanda de bienes y servicios debido a las restricciones impuestas para controlar a la pandemia. Lo complicado de esta crisis es que la región está acostumbrada a enfrentarse a choques externos; sin embargo, esta es la primera vez que tiene que hacerlo ante tantos de manera simultánea.

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